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domingo, 13 de diciembre de 2009

El suntuoso espectáculo musical de La Favorita


Juan José Roldán,
Sevilla 12/12/2009
El Correo de Andalucía

La Favorita. Lugar: Teatro de la Maestranza. Intérpretes: Sonia Ganassi, José Bros, Vladimir Stoyanov, Carlo Colombara, Jon Plazaola y Tatiana Davidova. Dirección musical: Roberto Rizzi Brignoli. Director de escena: Hugo de Ana. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza. Calificación: ****

Cuando todo funciona adecuadamente surgen experiencias tan gratificantes como la vivida anoche en el estreno de La favorita de Donizetti. Puede que incluso la recuperación de su versión original francesa haya contribuido a crear esa sensación de espectáculo serio y suntuoso que todos sus responsables nos regalaron.

No me entusiasman las puestas en escena que transitan tras una pantalla que actúa como filtro y que sirven para proyectar sobre ellas imágenes que emborronan el cuadro general. Sin embargo he de reconocer que gracias a la magnífica iluminación, esos efectos quedaron paliados y ganamos con una estética que combina elementos renacentistas con otros de índole alegórico.
La dirección escénica de Hugo de Ana resulta elegante, sin artificios, muy teatral y muy trágica pero no esperpéntica. Redondean el espectáculo un vestuario magnífico y una concepción simbólica de la escena, que utiliza permanentemente una cruz levitando sobre los personajes, representando el poder de la Iglesia y su capacidad para regir el destino. La orquesta rindió al máximo bajo la dirección del enérgico y muy entregado Roberto Rizzi Brignoli. Fue el mejor tributo que pudieron rendirle a Vjekoslav Sutej, su primer director titular, recientemente desaparecido.

Muy adecuadas las voces, especialmente Sonia Galassi en el papel de Leonor, soprano pero con una tesitura grave que la acerca a la mezzosoprano que habitualmente encara el personaje. Ella mereció la mayor ovación de la noche. José Bros volvió a hacer gala de su buen oficio. Controla bien su voz de timbre más agudo que el de otros tenores que han afrontado el papel de Fernando, como Kraus o Pavarotti. Pero naufragó en los sobreagudos, convirtiéndolos en horrendos alaridos o temblorosos sostenidos. Así sucedió en Ange si pur, un aria que Donizetti extrajo de su entonces inconclusa ópera Il Duca d’Alba. Muy entonados y en estilo Vladimir Stoyanov y Carlo Colombara, mientras el coro volvió a hacer gala de su extraordinaria prestancia, especialmente en el alegre Dejà dans la chapelle.

Merece también nuestra atención la exquisita y muy bien bailada coreografía de Juan de Torres y Daniela Merlo, a cargo de la Compañía de Danza Larumbe. Todos los elementos de esta colosal producción funcionaron al servicio de una música ciertamente entre el bel canto y el romanticismo.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cyrano, un corazón a una nariz pegado

CARLOS TARÍN
Miércoles 11-11-09
ABC de Sevilla
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Rostand creó un personaje poliédrico, mitad histórico, mitad autobiográfico, y lo dotó de un alma hermosa y noble, tan grande como su nariz. Su amor por Roxane lo lleva a recurrir a la belleza del simple Christian para construir una tremenda ficción de la que nadie disfrutará: Roxane descubrirá finalmente que se enamoró de su palabra de amor, Christian sabrá que sólo fue un rostro bello, una breve ilusión, mientras él mismo es el único que puede atormentarse a placer, porque sabe que sólo puede aspirar al amor de su prima mediante la máscara del cadete o de las cartas. Por eso su personaje es el más rico, porque debe mostrar su amor verdadero fingiendo que es otro, debe negarlo hasta el final por nobleza, tiene que sacar pecho ante los nobles altivos y su ternura ante su prima. Los demás quedan como satélites de su alma atormentada, infatigable y arrebatadora.
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Alagna se embutió en el narigudo como un alter ego, haciendo olvidar el fiasco de sus «Pescadores de perlas» de hace unos meses: Cyrano no le hubiera permitido medias tintas: una voz constantemente arriba, permanentemente en «forte», con tremendos saltos interválicos capaces de castrar cualquier registro y una presencia persistente en escena hubiesen puesto en evidencia cualquier debilidad; pero no la había. El registro estaba preparado a conciencia, y la línea continua de canto, fluida e inasible, se escurría sobre el río heraclitiano que corría en el foso. Incluso su debilidad más patente, los (escasos) apianamientos, los sorteó con discreción, incluso seguidos de cascadas interválicas. Voz poderosa, sugerente, bien templada y asentada, e incluso permítasenos decir que «natural», a pesar de su necesaria impostación.
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La Manfrino también trabajó bien, pero su papel de dama de la media almendra le reportó pocas alegrías. Como en «Pescadores», empezó regular (sentada, que es mala manera de comenzar), con agudos algo desapacibles y sobrados de vibrato, de registro más hermoso en centro y graves, aunque más inaudibles. Pero el dúo de la carta le aportó una gran dimensión, y sus delicados «filati», su homogéneo registro y la tersura de su fraseo se imbricaron con el sentimiento contenido de Alagna. A Jorge de León lo hemos visto en otros roles, siempre convincentes, y aquí también; pero acaso evidenciaba una tensión —en carácter y registro— más allá de lo necesario, siempre dentro de un gran nivel. Nos gustaron mucho los graves atractivos y brillantes del joven Jean-Luc Ballestra, justo lo contrario de los más planos de Nicolas Rivenq como De Guiche. Destaquemos por último, el ágil Ragueneau de Corrado y la siempre segura y precisa voz de Mentxaca.
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El coro masculino estuvo compacto en las partes más homofónicas y algo más deshilachado en las más dispersas, como en el comienzo del acto II; el femenino cumplió dignamente en las más discretas conventuales.
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Una orquesta sin pulir
Guidarini dejó sin pulir el conjunto orquestal, excepto las cuerdas y la virtuosa arpa (a la derecha, por cierto), pero consiguió destacar muy bien algunos hallazgos timbricos de Alfano, así como ese íntimo carácter camerístico del último acto.
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Seguramente la producción pudo tener en origen un carácter de prueba, y debió contar con un presupuesto ajustado, así que resultó algo desigual, cuando no naïf; pero lo que nos sorprendió fue el seguimiento riguroso de la partitura por David Alagna, que Alfano se esfuerza tanto en detallar como otros «registas» en obviar; no fue el caso de Alagna, ya que serían infinitos los detalles que podríamos citar de su cuidado (y ya puestos podía haber hecho caer algunas hojas en el famoso final, que las cuerdas subrayan…). Y aunque no es habitual reseñarlo, subrayemos el trabajo de inteligibilidad de Rosalía Gómez ante la pléyade de traducciones irritantes. Por tanto Cyrano no estaba solo: estaba rodeado de bastantes mosqueteros.

Alagna, un Cyrano de referencia

Roberto Alagna
La crítica de Gonzalo Alonso
10-11-2009

Cyrano de Bergerac” de Alfano. R. Alagna, N. Manfrino, J. de León, N. Rivenq, J. Luc Ballesta, C. Corrado, R. Rittelmann, I. Mentxaca. Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza y Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. M. Guidarini, dirección musical. D. Alagna, dirección de escena. Producción de la Ópera Nacional de Montpellier y D. Alagna. Teatro de la Maestranza. Sevilla, 9 de noviembre.

Franco Alfano (1876-1954) era conocido hasta hace bien poco casi exclusivamente por haber terminado la “Turandot” de Puccini. Esa quizá es su desgracia, pues fue un compositor bastante popular en su época, aunque sólo fuese por los ballets que escribió para los Folies-Bergere. En los últimos años se ha recuperado su “Cyrano de Bergerac” gracias a que el papel protagonista se acopla muy bien, aunque por motivos diferentes, a tenores como Plácido Domingo o Roberto Alagna. Ambos son de hecho quienes han resucitado una partitura que en su día le fue ofrecida al gran Mario del Monaco y que éste rechazó por considerarla “demasiado aguda” (¿?) Lo cierto es que el personaje de la novela de Rostand apenas deja el escenario y que, en nuestro tiempo, las dificultades que pudiera presentar su aguda tesitura se solventan editando nuevas partituras tono y medio más bajas y retirando las antiguas. De hecho, en España, se ha tenido ocasión de ver la obra interpretada por Domingo en Valencia y por Alagna en Sevilla. Entre un Cyrano y otro hay un tono de diferencia a favor de Alagna pero, también es verdad que artística y emocionalmente Domingo resulta superior. Por lo demás, como sucediera con el dúo final de “Turandot”, la partitura posee mayor interés en la paleta orquesta que en la vocal. La primera es rica en su combinación de Puccini, Strauss y Debussy, no en vano Alfano conoció bien París. El público se quedará solamente –y con razón- con dos momentos: el dúo bajo el balcón y la media hora final con la muerte de Cyrano.

Realmente carece de sentido resucitar la obra sin un tenor protagonista y Alagna lo es. Al margen de añorar la frescura de timbre de aquel joven que cantaba “Romeo y Julieta” de Gounod y, en general, un repertorio mucho más lírico, lo cierto es que la voz posee hoy la densidad y el poder para un papel que habitualmente se puede cantar entre el mezzoforte y el forte. De aquí que haya que aplaudir calurosamente su actual intervención con la única reserva de ser susceptible del empleo de un mayor espectro dinámico y de aquí que sus “Pescadores de perlas” de la pasada temporada dejasen bastante que desear. El trío protagonista se completó con la buena Roxane de Nathalie Manfrino, un punto más ligera de lo que demanda el papel, y un Jorge de León como Christian que posee auténtica voz de tenor spinto, hasta el punto de epatar por momentos la de Alagna. Atención porque su carrera puede ser importante.

Marco Guidarini concertó con brío, más atento al efecto que al detalle, a una orquesta menos refinada que otras veces y un coro simplemente cumplidor. David Alagna fue responsable de la producción de Montpellier, ya conocida a través del DVD, de concepto muy clásico, amplia espectacularidad y muy al gusto del público de la ocasión. El tipo de espectáculo que nunca contrataría Mortier pero que muchos desean, tal y como se evidenció en los intensa y prolongada ovación final, ya a medianoche. Un éxito claro.
Gonzalo Alonso

martes, 10 de noviembre de 2009

Alagna vence a ‘Cyrano’ a pesar de la escenografía


Ismael G. Cabral
Sevilla
09/11/2009
El Correo de Andalucia

La ópera de Alfano levantó anoche el telón en el Teatro de la Maestranza.

Cyrano de Bergerac es una de esas óperas de voces ante la que cualquier cantante con un poco de aprecio por su carrera se lo pensaría dos veces a la hora de afrontarla. La escritura de Alfano, temible y de una enorme dificultad, está sólo a la mano de unos pocos tenores. El siciliano Roberto Alagna es uno de ellos. No sólo es capaz de salir airoso del papel, también se le ve cómodo en el escenario. Lo que ya es decir.

Si en Los pescadores de perlas, ofrecida en junio en el Maestranza, el cantante pasó de puntillas a través de tics y diversos amaneramientos vocales, anoche, sin llegar al registro extremo de su instrumento, destiló emoción en cada escena, matizó la agógica de su papel a pesar de cierta tirantez en el agudo y trazó un carismático Cyrano, muy serio él, más caballero que bufón. Y sin embargo no llegó la ovación que quizá aguardaba.


En la ópera, por desgracia, los fuegos de artificio vocales siguen reinando pese a que Alfano, con su Cyrano totum revolutum (verismo, impresionismo, posromanticismo...) queda lejos del bel canto. Y si bien su conservadora música carece de la inventiva melódica de Puccini y nace marchita ya en el mismo año de su alumbramiento (...1936), la imponente orquestación que presenta esconde un trabajo que merece la atención prestada.

La partenaire de Alagna, la soprano Nathalie Manfrino fue una Roxana de notable intensidad dramática que pasó algunos apuros en los agudos y cuyo timbre, no siendo del todo convincente, entró en estilo desde primer momento. Christian, afortunado y maltrecho en su papel, fue el tenor Jorge de León, mucho más que una promesa, con un instrumento sólido pero con una dote actoral mejorable.


El elenco de secundarios mantuvo (Ballestra, Mentxaca...) el nivel alrededor de una ópera de un sólo tenor como es Cyrano. Y el Coro del Maestranza se pudo explayar metido en un entuerto dramático que soporta muy bien ciertas salidas de volumen, que en nada padeció la sección femenina. En cuanto al foso, el maestro Marco Guidarini evitó tapar con el caudal orquestal las voces y subrayó lo mejor de estos pentagramas (cuya esencia se concentra en el arrebatador dueto del último acto que, extrañamente, no alcanza la dimensión popular que se le presupone.


En cuanto a la puesta en escena de David Alagna, soberbiamente iluminada por Laurent Fleutot –es de justicia citarlo–, ésta no logra hayar un punto de encuentro entre tradición y modernidad. No es que deba existir forzosamente, pero un texto de sobra conocido como el de Cyrano debe prestarse a algo más que a una función didáctica y colegial de capas, espadas, sombreros, banquetes y hasta un caballo que nada pintaba allí. Menos mal que donde sí atinó fue en la dirección actoral, con grupos que se movieron con cierta convicción y una escena del balcón bien resuelta pese a su aspecto de folletín.


Viéndolo en perspectiva, el “humilde trabajo” (David Alagna dixit, ¡y tanto!) rezuma cartón piedra, carece de identidad (¿cuántas otras óperas podrían haberse ambientado perfectamente aprovechando estos decorados?) y a la postre, parece más polvoriento y anticuado que si Edmond Rostand (autor del texto original) lo hubiera diseñado.

Los Alagna: todos para uno y uno para todos

Andrés Moreno Mengíbar
10.11.2009
Diario de Sevilla


Roberto Alagna con la prominente nariz en su rol de Cyrano.

El dúo entre Cyrano y Roxane en el segundo acto.

Comedia heroica en cinco actos de Franco Alfano. Dirección musical: Marco Guidarini. Dirección escénica y escenografía: David Alagna. Director del coro: Julio Gergely. Vestuario: Christian Gasc. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza. Intérpretes: Roberto Alagna (Cyrano, tenor), Nathalie Manfrino (Roxane, soprano), Jorge de León (Christian de Neuvillete, tenor), Nicolás Rivenq (Conde de Guiche, barítono), Jean-Luc Ballestra (Capitán Carbon/ Vizconde De Valvert, bajo-barítono), Carmelo Corrado (Ragueneau, barítono), Richard Rittelmann (Le Bret, barítono), Itxaro Mentxaca (La dueña/Sor Marthe, mezzo), Eduardo Hernández (Lignière/ Un mosquetero, bajo cómico). Lugar y fecha: Teatro de la Maestranza, 9 de noviembre de 2009. Aforo: Casi lleno

En medio del revuelo mediático promovido por el anuncio oficial de la separación de la pareja Georghiu-Alagna, el tenor franco-siciliano volvía a Sevilla a los pocos meses de su anterior comparecencia con aquellos olvidables Pescadores de perlas. En esta ocasión retornaba con una obra hecha a la medida de sus actuales perfiles canoros, alejados ya hace tiempo de las sutilezas belcantistas y los refinamientos estilísticos y volcados plenamente en una dimensión mucho más dramática y de mayor peso vocal. No parece irle mal en este nuevo repertorio a la vista de los buenos resultados de su Carmen londinense de hace unas semanas y, sobre todo, de su prestación vocal en este Cyrano de Bergerac.

La ópera de Alfano es un claro ejemplo de ese tipo de composiciones que sólo sobreviven o renacen si hay un cantante concreto que la defienda y la quiera hacer suya. Sus méritos puramente musicales son algo discutibles más allá de una interesante línea orquestal que entronca directamente con Pélleas et Mélisande y que se mueve en un plano independiente de una línea vocal bastante plana y que apenas si remonta el vuelo melódico tan sólo en la escena del balcón y en los últimos momentos con la lectura de la carta. La ópera bascula esencialmente sobre el personaje de Cyrano, omnipresente toda la partitura, y desdibuja bastante a los demás. Y apenas plantea problemas técnicos al tenor: el rango es bastante cómodo, las frases son cortas y prácticamente siempre hay que cantar de forte para arriba, lo que hace el papel ideal para tenores trompeteros, con amplio squillo y atractivo metal que llene el teatro con expresiones dramáticas. Se explica así la preferencia por este título de Plácido Domingo y de Roberto Alagna.

Hay que reconocer que, al margen de la comodidad vocal del personaje, Alagna borda literalmente su parte. La voz le corre a la perfección, traspasa sin problemas el denso foso y brilla con un metal refulgente, de una calidad tímbrica impresionante. Puede faltarle a veces algo más de delicadeza en el fraseo en los momentos líricos, pues tiende a llevarse la representación a su terreno y en seguida coloca la voz en dinámicas fuertes, pero aún así sobrecoge escuchar una voz de tal carga de pasión y de fuerza dramática que, en los momentos finales, llega incluso a conmover.

Manfrino también ha encontrado un personaje a la medida de sus posibilidades: soso, algo cursi, sin sustancia dramática y sin demasiadas exigencias en ambos extremos de la tesitura. Así pues, es la suya una apropiada encarnación de Roxane, algo plana en expresividad y con las notas inferiores poco distinguibles si la orquesta aprieta un poco. Siempre con notas de apoyo de por medio, sube con seguridad y sin cambiar el color para colocar unas bonitas notas superiores. Del resto del reparto cabría hablar de la buena voz y el buen fraseo de Rivenq y de los agudos penetrantes de Jorge de León, algo romo también de expresividad y de voz un tanto engolada.

Guidarini llegó a tapar a las voces en el primer acto, algo que moderó posteriormente, pero no alcanzó a conjurar el sonido terso y brillante de otras noches de la Sinfónica. Mal el coro femenino y correcto el masculino, salvo algunas estridencias en los tenores.

La producción de David Alagna es lo que esta ópera pide: clásica, corpórea, y realista, con momentos de gran belleza visual como el final del tercer acto.

miércoles, 10 de junio de 2009

La Fanciulla en Opera News online

A destiempo, pero que quede constancia
SEVILLE — La Fanciulla del West, Teatro de la Maestranza, 3/21/09




Once in a while it's a relief to watch an opera in a traditional, lavish production set in the time and location the authors intended. It's all the more pleasurable when the work in question has not been seen in a while.

This is what happened at Seville's Teatro de la Maestranza with Puccini's all but neglected masterpiece, La Fanciulla del West (seen Mar. 21). The Maestranza's young, energetic musical director Pedro Halffter has managed over the years to deliver a consistent flow of standard pieces, new operas and old rarities: his small, second-tier theater is now firmly on the maps of Spanish operagoers.

In celebration of the composer's 150th-anniversary year, the theater imported Giancarlo del Monaco straightforward production for Rome Opera, complete with elegant period costumes, painted mountains, falling snow and the surprising participation of a white horse — a beautiful member of the famous local horse show La Cuadra de Sevilla.

For this Fanciulla — the opera has not been presented in Spain for a quarter century — La Maestranza went out of its way to produce a strong double cast, something they almost never do. I saw the first one, with verismo heldentenor Marco Berti, American soprano di bravura Janice Baird and the exciting young baritone Claudio Sgura, but the alternative one seemed just as promising, with the inseparable operatic and real-life couple Daniela Dessì and Fabio Armiliato as Minnie and Ramerrez and veteran Silvano Carrolli as Rance, the role he sang in Rome when this production was new.

In this brave, forward-looking opera, Puccini gave his prima donna what all of his heroines get — scenes to shine in for every act, a strong-willed personality and a tragic destiny — until the happy end, which comes as a surprise, as if she were fulfilling the impossible dream of Tosca, Mimì or Manon. Even if she has no great aria and no hummable tunes, Minnie is a wonderful character. She keeps the quarrelsome gang of cowboys at bay in Act I, fights for her lover and defeats the sheriff with tricky cards in Act II and comes in at the end of the opera to soften the cowboys' hearts and have her bandit released. Janice Baird did all that with a potent, well-focused if not particularly appealing voice. Like the character she was portraying, it was a voice to admire rather than to fall in love with.

As her bandit lover Dick Johnson, Marco Berti gave a performance that produced the opposite effect: his singing was much more convincing than his acting. His shape keeps getting rounder, and his stand-and-deliver acting mode seems démodé. His stiffness could be taken for a version of the poker-face Western baddie, but he looked out of place among his more expressive colleagues. However, his voice has the vibrancy, richness and "ping" of a true spinto tenor.

Berti's romantic rival, the sheriffo Jack Rance, was played with committed pathos by lean, young Sgura. The baritone started in shaky mode, but his potent, meaty voice grew in confidence as the evening progressed. His confrontation with Minnie in Act II had the dramatic impact of a classic movie Western.

The mining-camp denizens were sung with idiomatic precision and brio by a band of veteran Spanish singers and the members of the theater's chorus. Halffter produced a high-octane yet nuanced reading of the score, and the Real Orquesta Sinfónica de Sevilla — which plays with him all year round in symphonic concerts and opera — proved to be a well-oiled instrument in his able hands.

ROBERTO HERRSCHER

martes, 26 de mayo de 2009

Crítica del Tristán en Mundoclasico

Isolda y Tristán

Pedro Coco
26/05/2009
Mundoclasico.com

Sevilla, 22/05/2009.
Teatro de la Maestranza.
Richard Wagner: Tristán e Isolda.
Drama musical en tres actos, con libreto del propio compositor.
Pierluigi Pier’Alli, dirección escénica, escenografía, vestuario, y videocreación.
Franco Marri, iluminación.
Robert Dean Smith (Tristán), Evelyn Herlitzius (Isolda), Martin Gartner (Kurnwenal),
Iris Vermillion (Brangania), Reinhard Hagen (Marke), Mirko Janiska (Melot),
Gustavo Peña (Pastor / Joven marinero), Javier Galán (Timonel).
Coro de la A. A. del Teatro Maestranza.
Orquesta Sinfónica de Sevilla.
Director: Pedro Halffter.
Producción del Teatro de la Ópera de Roma
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imagen Con el aforo completo y grandísima expectación, comenzaba la tan ansiada serie de representaciones de Tristán e Isolda en el Teatro de la Maestranza. No es de extrañar, pues aunque arduo para el gran público, es un título tan universal como difícil de disfrutar, sobre todo en teatros que no tienen gran presupuesto. Sin embargo, contándose con un elenco de primer nivel y una puesta en escena atractiva, se ha conseguido que muchos aficionados andaluces descubran las excelencias de esta obra de un modo muy similar al que podría hacerse en las grandes capitales europeas o americanas.

Una prestación impecable la de la Sinfónica de Sevilla, que, como un todo, consiguió envolvernos completamente con su sonido empastado y brillante. Mención especial para la solista Sarah Bishop, que bordó su momento estelar del último acto. Obviamente cundió la labor incansable de Pedro Halffter, que, muy detallista, se estrenaba con este Wagner. Se propuso presentarnos claramente todos y cada uno de los tesoros que encierra la partitura y al final pareció perderse entre ellos, consiguiendo, eso sí, un balance perfecto entre orquesta y cantantes.

© 2009 by Guillermo Mendo

Claro que con voces como las de los protagonistas, habría sido muy difícil no obtenerlo. Triunfadora indiscutible de la noche fue la soprano dramática Evelyn Herlitzius, una ya experimentada wagneriana que nos enamoró -e impresionó por potencia y desenvoltura- desde su aparición en escena. Parece dominar a la perfección su privilegiado instrumento, sabe dosificarse, y no encuentra aparentes dificultades en las notas más extremas, por lo que pudo recrearse en los momentos más peliagudos para nuestro total deleite. A su lado, Robert Dean Smith, elegante y refinado, más lírico de lo deseado, firmó un Tristán sobresaliente en líneas generales. La interpretación del tenor norteamericano comenzó un tanto titubeante, para llegar a su mejor momento en el acto segundo; una pena que el cansancio aparente le ganara la partida en las últimas frases de su entregada escena del acto tercero.

Escudero y doncella, Reinhard Hagen e Iris Vermillion, estuvieron también a un gran nivel, el primero con un timbre peculiar y atractivo que imprimía al rol una arrebatadora juventud, y la segunda, con gran clase y tablas, que nos transportó con sus frases fuera de escena en el 'Liebesduet'. Reinhard Hagen resultó menos interesante como Marke, acusando problemas en las notas más graves.

© 2009 by Guillermo Mendo

Sorprende que en la actualidad aún se pueda ver un Tristán ‘histórico’, obviamente no apto para amantes incondicionales del regietheater, donde se siguen más o menos fielmente las líneas generales del libreto, y donde el vestuario -eso sí, el punto más débil de la producción- recrea la época a la que nuestra mente nos lleva cuando pensamos en la leyenda de los dos amantes. Los elementos escénicos, simples y contundentes, llenaron el escenario de sinuosas curvas que enmarcaban oníricas proyecciones, siendo el juego de luces muy adecuado en todo momento. Quizás sobraron, desde el punto de vista de quien esto escribe, todos los añadidos de atrezzo, pues contaminaban en exceso lo que se entendía como idea general del proyecto. Para finalizar, y desde el punto de vista eminentemente práctico, fue muy de agradecer tener a los cantantes siempre cerca de la boca del escenario, limitando sus movimientos a lo estrictamente necesario y permitiéndonos disfrutar de sus voces sin barreras innecesarias.

A la espera de unos Pescadores de Perlas en versión concierto, con el esperado regreso a Sevilla de Roberto Alagna, o el madrileño montaje de La Bruja para cerrar el curso, se nos anuncia que en breve será presentada la nueva temporada, con otros retos a superar e interesantes sorpresas que les comunicaremos en cuanto se produzcan.

lunes, 25 de mayo de 2009

domingo, 24 de mayo de 2009

CRITICAS TRISTAN E ISOLDA

Isolda, Isolda

CARLOS TARÍN
Domingo, 24-05-09
ABC de Sevilla
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ÓPERA
«Tristán e Isolda» de Wagner.
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Intérpretes:
Evelyn Herlitzius, Robert Dean-Smith, Martin Gantner,
Reinhard Hagen, Iris Vermillion.
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Real Orquesta Sinfónica de Sevilla.
Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza (Dir.: Julio Gergely).
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Dirección de escena, Escenografía, Vestuario, Iluminación y Videocreación: Pierluigi Pier´Alli.
Dirección musical: Pedro Halffter.
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Producción Teatro de la Ópera de Roma (2006)
Lugar: Teatro de la Maestranza. 22/05/2009.
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De nuevo, y por fortuna, las expectativas creadas ante una jornada calificada con razón de «histórica» no se vieron defraudadas. El primer «Tristán» de la historia de la ópera sevillana, hecho con todos los elementos para rendir lo máximo. Verdaderamente, la obra de arte total. Y de un todo tan completo entresacamos dos rasgos sobresalientes: el privilegiado plantel vocal, que para una obra de esta envergadura es imprescindible, y una producción moderna que siguió al mínimo detalle cada pliegue de la obra y -lo que es más importante- lo realzó.
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Evelyn Herlitzius, la mejor
Y del ya de por sí impresionante reparto sobresalió en demasía la voz increíble, portentosa y sublime de Evelyn Herlitzius. No sólo es una registro netamente wagneriano, sino que está en un punto de perfección asombroso, en todo su espectro sonoro, en el que no hay debilidades: llega a los graves con facilidad y desahogo, tanto como a los agudos sin perder su carácter (a veces doblada sobre sí), y es capaz de apianar sin perder la compostura vocal o alcanzar un fortísimo fundiéndose -no siendo tapada, ni diluida- con la orquesta. Esto lo supo el director, quien no «aflojaba» en las dinámicas, sabiendo que ella flotaría en el mar orquestal. Con semejantes dotes, ya lo que se quiera: intimismo, expresividad, desesperación, anhelos, horror...Tremendo.
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A su lado el Tristán de Dean-Smith quedó muy pequeño en el primer acto. El último Tristán de Bayreuth parecía engullido en cada dúo, mientras que a solo sus titubeos, su debilidad al apianar -con la consiguiente pérdida de color y densidad- fueron ostensibles. Muy hermoso y wagneriano el agudo, siempre que no cantase con ella. Pero fue sólo el calentamiento: para el segundo acto ya estaba más recuperado y en el tercero consiguió firmar una página memorable para la historia del teatro, por un lirismo profuso, una postración esperanzada y un sufrimiento concentrado.
De igual manera brillaron las voces del fiel escudero Gantner, entregado, fiel, de registro sobrado para la defensa de su señor, y la muy hermosa de la mezzo y aya Vermillion. Si bien en algún momento hubo conatos de engolamiento en la zona más grave, su registro es, en general, homogéneo y hermoso, sobre todo en el brillo que alcanza en las notas más agudas, sin ese velo tan característico de las mezzos. También el rey Marke ofreció una lección de buen canto, contención, solemnidad y unos trazos vocales firmes, ora emotivos, ora «reales». El coro de hombres culminó bastante bien sus breves intervenciones.
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Por último, la orquesta sonó compacta, pulida, y no es de extrañar que finalmente saliese la extraordinaria Sarah Bishop a saludar, dado «papel» del corno inglés en el acto tercero, evocando el caramillo del pastor, primero, y acentuando la queja profunda de Tristán después. Pero destacaron igualmente el clarinete bajo y oboe(s).
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La dirección coordinó el trabajo con la laboriosidad y detalle que nos tiene acostumbrados, señalando bien los numerosos «leitmotiven», si bien el famoso preludio inicial quedó muy decolorado, a pesar de la carga de sensualidad, incertidumbre y fascinación que siempre suscita; sin embargo, fue creciendo en los otros dos, culminando en el tercero. Pero para Wagner hace falta algo más que trabajo y detallismo. El director se convierte en un druida que con su varita mágica invoca la presencia de Wagner, cuyo fantasma no siempre se atisbó o presintió. Wagner es compositor profundo y críptico, autor de madurez, aunque es posible que de seguir trabajando así, termine apareciendo.
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De otro lado, temblábamos ante la «genialidad» del regista de turno. Pero no. De nuevo se demuestra que da igual que la escenografía sea realista o de marcado carácter geométrico -como ésta-, que use tecnología punta o cuatro luces: lo que importa es que no desvirtúe el carácter último de la obra y, si encima es posible, que potencie cada uno de sus detalles. Y creemos que más que conseguirse, se sublimó. Porque en todo momento estuvo al servicio de Wagner, y no al contrario. En el primer acto gracias a los distintos cambios de perspectiva según el argumento y la profundidad de la perspectiva, en el tercero acentuando la luz que se incrementaba con la esperanza de Tristán por alcanzar de nuevo ese minuto de amor tan deseado. En el segundo, focalizando ese tiempo en que la música termina excediendo los límites de las palabras mediante una melodía verdaderamente eterna e infinita.
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Y al final, cuando Isolda termina con su «supremo placer», culminando el gran momento de amor, un desaprensivo saltó con un «bravo», pulverizando ese placer supremo. Acaso el Maestranza debería pedir al principio, junto al recordatorio de los móviles, que el público guardase 3 segundos de silencio al terminar cada ópera; y, si es «Tristán», como decía anteanoche un amigo, 15.
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Éxito en el estreno de 'Tristán e Isolda' en el Teatro Maestranza de Sevilla

23-05-2009
Diario de Sevilla
Andrés Moreno Mengíbar

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Para alguien como quien les escribe que lleva un cuarto de siglo investigando y escribiendo sobre la Historia de la Ópera en Sevilla, la de anoche era una fecha muy especial. No sólo por ser la primera representación de esta ópera en la ciudad sino, ante todo, por lo que supone de madurez de un teatro y de un proyecto cultural. Como sabrán, no me he ahorrado en fechas anteriores las críticas y los reproches hacia las decisiones artísticas de los actuales responsables del Maestranza. Pero hoy me siento satisfecho de poder felicitar a esos mismos responsables por el altísimo nivel conseguido con esta producción. Creo que Halffter ha conseguido alcanzar su máximo nivel de madurez artística hasta el momento por ser capaz de presentar en un teatro de provincias Tristán e Isolda. Independientemente del nivel del espectáculo, el hecho de poder ponerlo en pie nos habla del fin de una etapa de titubeos y servidumbres y el inicio (esperemos) de una nueva cuajada de posibilidades.
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Pedro Halffter, desde el foso, optó por una lectura muy cuidada en todos los detalles, contemplativa e interiorizada. Controló más de lo habitual en él las dinámicas y consiguió con ello un perfecto equilibrio entre foso y escena, a la vez que conseguía que la orquesta sonase con uno de los sonidos más empastados y bellos que le hemos oído. No forzó la agógica y se recreó a veces en el fraseo, como en el meditativo preludio del primer acto o en el retenido pasaje orquestal que sucede al momento fatal en que los protagonistas beben el filtro.
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Soberbia sin más Herlitzius. Con una voz seductora, penetrante, poderosa y, ante todo, lírica, dominó de principio a fin, con un Liebestod emocionante. Dean Smith hizo pensar en el primer acto que quizá no llegase al final, pero firmó un ardoroso segundo acto y un tercero pleno de lirismo y de expresividad doliente. Otro lujo fue la Brangania de Vermillion, una de las más bellas voces de mezzo de la actualidad y que estuvo especialmente brillante en el primer acto. Aunque con alguna carencia en la zona grave, Gantner fue un Kurwenal antes lírico que heroico. Magnífico también Hagen, así como el rotundo Timonel de Galán.
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La escena se llenó de plasticidad y musicalidad. Magnífica iluminación y muy vistosas las sorpresivas videoproyecciones.

Postdata: un tirón de orejas para el energúmeno que bramó antes de que se extinguiesen los últimos momentos de la ópera y que se cargó uno de los instantes más especiales de la historia del Teatro de la Maestranza.

EL ´TRISTÁN´ DE SEVILLA, GRAN LECTURA DEL WAGNER SUPREMO

LA PROVINCIA/Diario de Las Palmas
G. GARCÍA-ALCALDE
24-05-09

El año próximo, 145 después del estreno, verá el público de Las Palmas su primer Tristán e Isolda escenificado. Esta experiencia primeriza es la que está viviendo el público sevillano con las cuatro funciones, todas agotadas, que dirige Pedro Halffter en el Teatro de La Maestranza. El estreno, el viernes 22, concluyó en apoteosis, con espectadores que no pudieron remitir su entusiasmo a la extinción del último acorde. Halffter construye una versión apianada, de intensidades medias y casi camerística en las escenas de mayor enjundia. Como señor del lugar, aprovecha bien las posibilidades de la "mejor acústica de foso del mundo", en palabras de Barenboim. Y no sólo de foso. Cuando el excelente tenor grancanario Gustavo Peña (que hace el doble papel de Joven marinero y Pastor) entona la balada con que comienza la partitura vocal, es tal el poder y la proyección de su canto, que parece microfonizado. Pero los "micros ocultos" de este teatro son un mito desmentido -sin pausa y con tedio- por la evidencia de una acústica natural privilegiada.

Esta versión de Halffter, segunda de sus aproximaciones "completas" a Wagner (la anterior fue El Holandés Errante, que también dirigirá en Las Palmas en julio de 2010) es lo más perfecto en concepto y de más refinada sonoridad de cuanto le conocemos en el foso (en rigor, casi todo lo que ha hecho). No es una sorpresa, después de la conferencia-concierto, ilustrada al piano por él mismo, que sobre Tristán ofreció hace meses para el Aula Wagner en el Auditorio Alfredo Kraus; pero es un placer memorable, una fiesta de sabiduría y musicalidad que ha seducido hasta a sus más beligerantes críticos sevillanos. El genial "acorde de Tristán", más importante que el leitmotiv de mayor fuerza generativa, es el núcleo del que brota la estructura íntegra en la versión de Halffter; es decir, el omnipresente fundamento armónico, la dinámica y la coloración orquestal. De ahí deriva una coherencia que no hace sino crecer en la liberación de los matices expresivos, tanto más ricos cuanto mejor asentados en la unidad del concepto y el control del desarrollo. La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla entrega a la batuta una respuesta extremadamente lírica y noble, sin emotividad epidérmica pero, a la vez, profundamente conmovedora. Después de algún titubeo en el preludio, la calidad orquestal se agiganta hasta alcanzar su cima en el tercer acto, modelo sonoro de condensación de todas las ideas en un movimiento expansivo, mágica espacialidad que asocia imágenes de tierra y mar, inmediatez e infinito, día y noche, amor y muerte, desde el magistral motivo ascendente al sobreagudo de los violines hasta la belleza de los cantos del corno inglés y la grandiosa intimidad del desenlace de la tragedia.

La producción reúne un elenco de ensueño. La soprano Evelyn Hertilzius es a la vez una artista inspirada y una voz gigante en la opulencia, el caudal y la densidad lírica. Domina toda la representación con autoridad indiscutible y desgrana con excepcional generosidad una gama de color que difícilmente tiene rival en la caracterización de los estados de ánimo. Su segundo acto, verdaderamente regio, aun queda superado por el tercero, con una liebestod que eriza la piel y hace saltar las lágrimas de muchos espectadores. Podemos felicitarnos de tenerla en el cartel del Tannhäuser del próximo julio en el Pérez Galdós, porque está en el cenit de la voz y los medios físicos y psíquicos. El tenor Robert Dean Smith, tal vez muy lírico al lado de un fenómeno vocal como la Hertilzius, resiste bien por la belleza y la nitidez del metal. Llega entero al final -que ya es mucho- y precisamente en el doliente tercer acto roza la perfección con el vuelco de una emotividad de primer nivel y una emisión a tope que ya no necesita economías como las del segundo acto, en el que resultó apagado durante casi todo el dúo de amor, el más exaltante de la historia de la ópera. La mezzosoprano Iris Vermillion compone una Brangania excepcional por volumen y calidad, gran presencia e inolvidables "avisos" de la llegada del día desde el backstage del segundo acto. Juvenil, potente y ardoroso, con discurso muy limpio, es el Kurwenal del barítono Martin Gantner. Y suena en línea y estilo el Marke de Reinhard Hagen, ligeramente afectado por una indisposición. Con el citado Gustavo Peña, Javier Galán y Mirko Janiska desempeñan idóneamente los segundos papeles.

La producción y dirección escénicas, como el vestuario y la videocreación, son de Pierluigi Pier'Alli y vienen de la Opera de Roma (2006). No pretende una dramaturgia simbólica en términos de tiempo, lugar o ideología, sino verter con la mayor fidelidad lo que quiso Wagner, centrando las sugerencias innovadoras en la poética de los decorados. Lo más destacado, a mi juicio, es el homenaje tácito de Pier'Alli al estilo de Wieland Wagner, primer renovador radical de las escenografías de Bayreuth con la reapertura del teatro tras la segunda guerra mundial. El talento de Wieland, aplicado al ahorro en tiempos difíciles, dio lugar a visualizaciones basadas en los juegos y sugerencias de luz mediante grandes ciclortamas apenas complementados por elementos corpóreos o piezas de atrezzo. Aquel formidable simbolismo de la luz está hoy en Pier'Alli con tecnología del siglo XXI, recursos virtuales y combinaciones de lo sólido y lo lumínico que acaban por sumir el conjunto en un lenguaje absolutamente inmaterial. Las grandes curvas, también constantes en Wieland, dividen el escenario desde puntos opuestos o lo integran cruzándose. El primer acto es el navío en un mar espacial infinito, el día y la noche en la alternativa de la mirada, el resplandor del héroe o la ocuridad de la joven maga que urde su venganza. El segundo es el jardín que mezcla árboles, nubes y estrellas en fantásticas transposiciones videográficas. "El dominio de la noche no tiene espacio ni tiempo", leemos en uno de los "Himnos a la noche" de Novalis, tan influyentes en Wagner (nos recuerda Pérez de Arteaga con su excelente texto de programa) como en Pier'Alli. El tercer acto es la colisión de tierra y mar "hundidos en una sima profunda" (también Novalis) mientras un astro gigante se hipertrofia hasta el estallido y la desintegración. Inmejorable metáfora visual de lo que Wagner narra a través de sus personajes, que, por coronar la evocación de Wieland, aparecen como estatuas inmóviles, prototipos de la no-acción escénica y de la atormentada combustión interior de las ideas y las emociones,

Una producción muy bella para una música suprema.