miércoles, 27 de mayo de 2009

Crítica del Tristán en La Razón

El dulce amor de la muerte

R. Dean Smith, E. Herlitzius, I. Vermillion...
ROS de Sevilla.
Dir. escénica: P. Pier’Alli.
Dir. Musical: P. Halffter.
Teatro Maestranza, 22-V-09.

26 Mayo 09
Medina del Campo
José Luis Pérez de Arteaga
La Razón

Siempre es un reto y cuando un director lo aborda por vez primera es moneda común hablar de temeridad: al mismo Barenboim, que hace casi tres décadas interpretó el «Tristán» wagneriano por vez primera en Berlín, se le acusó de ello. Pedo Halffter, creo yo, tendrá una carrera larga con esta obra, porque se la ha planteado joven y porque, como a tantos otros, la música le ha poseído. Y es que «quien ha sentido una vez la belleza, a la muerte ha entregado su ser», como escribió el poeta romántico Von Platen en su «Tristán» lustros antes de que Wagner imaginara su composición más personal y rompedora, más íntima y vanguardista.


La vocación de Halffter de encerrase con mihuras o victorinos no decrece: tras «Lulú» o «Salomé», tras el «Doctor Faust» de Busoni, elige «Tristán e Isolda» para cerrar campaña. Tuvo instantes de tétrica hermosura –esa «belleza» mortal de Platen–, como el final del acto I, con el reconocimiento amatorio de los protagonistas, y otros de delectación en el dúo de la «noche oscura y santa» (Novalis), y su «Tristán», que hoy es notable, un día será grande. Hubo un buen socio en Pier’Alli, responsable de una escena que tuvo nobleza e inteligencia en el barco del acto I. Evelyn Herlitzius, habitual de Bayreuth, fue una Isolda más descarnada, al borde del grito, que entrañable, y Robert Dean Smith, otro veterano de la «verde colina», sigue siendo uno de los pocos sucesores de Kollo o Jerusalem, herederos en su día de Windgassen o Suthaus. Excelente la Brangania de Iris Vermillion, cortito el Kurwenall de Martin Gantner y opaco el Rey Marke de Hagen.

Con toda lógica, se hizo salir a escena a la solista de corno inglés, la británica Sarah Bishop, que interpretó sus comprometidos solos del acto II haciendo cantar a su instrumento con exquisita hermosura. Fue un poco triste que, tras el nivel de los actos precedentes, ese tercero mostrara a un Dean Smith ya cansado y forzado de voz, que la misma rectoría de Pier’Alli bajara su nivel en este segmento hasta las lindes de la mera corrección y que esos factores contagiaran la inspiración de Halffter, cuya dirección cedió en grandeza y lirismo frente a lo escuchado en los actos precedentes. Pero hubo de sobra pasajes que acercaron al público a ese «no hay amor más dulce que la muerte»… menos al histérico espectador que se puso a lanzar bravos cuando Isolda aún no había concluido la «Muerte de amor»; como diría Manuel Puig, «maldición eterna para quien grite en estas obras».

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